sábado, 13 de diciembre de 2008

Poesía por encargo - (Juan Carlos Moisés)

POESIA POR ENCARGO

Estábamos de vacaciones en una provincia del norte del país. El calor del verano se hacía sentir aún a esa hora del atardecer. No sé cómo llegamos a esa vivienda de las afueras del pueblo. Por fuera y por dentro tenía los ladrillos sin revocar, el piso era de cemento, el techo bajo, con las viguetas y losetas a la vista. Era fin de año y andábamos festejando por anticipado. Habíamos salido a brindar sin rumbo fijo. A esas horas mi amigo tenía varias copas de más en su haber y estaba entonado para hablar. En el recorrido llegamos a esa casa que era de un conocido de mi amigo. El hombre era una especie de tahúr y le faltaba el antebrazo. Vestía hojotas, pantalón corto y una camisa manga corta que llevaba sin abrochar. Tenía una gran habilidad para manejar una damajuana de vino con su brazo mutilado y servir a la visita en cada vaso sin derramar una gota. La transpiración le brotaba de la cara y una sonrisa lo acompañaba al hablar. Su mujer era negra, de raza negra. Había nacido en el Brasil. Tenían varios hijos, varones y mujeres; algunos estaban en la casa, otros, dijo, los que ya habían crecido, estaban lejos. Cuando la señora morocha escuchó a mi amigo suelto de lengua presentarme exageradamente como un p¬oeta del sur, ni lerda ni perezosa me pidió que escri¬bie¬ra unos versos para su nietita que acababa de nacer en la capit¬al, en Buenos Aires. Era su primera nieta y estaba muy feliz; la noticia le había llegado el día anterior. No fue mi inten¬ción desilusionarla pero le dije que no me resultaba fácil escribir poesía por encargo. Nunca lo había hecho. Pero a mi nietita sí, dijo muy ilusionada. Le dije que intentaría hacerlo en la primera oportunidad que tuviera, o bien cuando volviera a mi casa del sur, que es donde mejor escribo, donde se me ocurren las cosas que escrib¬o. A modo de disculpa agregué que en todo ca¬so dudaba de poder hacerlo tan bien como ella desea¬ba y con los sentimientos que ella propiciaba para el momento. Unos ojos saltones y asombrados brotaron en medio de la bella oscuridad de su piel. El Brasil, lo que he visto o me imagino del Brasil, se encendió en sus ojos. La miré, miré su belleza demacrada por el trabajo del hogar, la cría de los hijos, antes que por los años. La mujer me miraba con cara de reflexio¬nar: ¿Cómo es posible que un poeta no sea capaz de escri¬bir unos simples versos para celebrar un nacimiento? Me dijo, sin vueltas: ¿Usted es o no es poeta?
Nos fuimos del lugar ya entrada la noche. Me sentí puesto a prueba por ella, pero también por la poesía, que yo creía dominar con la seguridad que da la experiencia. Pero antes de alejarnos hice algo que no tiene explicación, o al menos no supe encontrarla; fue ins¬tintivo. Bajo la luz de una lamparita amarillenta, corté una flor de su propio jardín y se la ofrecí. Le dije: Esto es una poesía, la mejor que ahora puedo ofrecerle. Aspiró su fragancia, como si realmente fuera una poesía. Pero no quedó convencida. Corté otra y le dije: Esta flor me la llevo para recordar el compromiso.
Nunca escribí ese poema. Quise pero no pude. Haber cortado una flor primero y después la otra, fue una manera de compensa¬ción secreta ante la decep¬ción que a la mujer le causó la poesía en general, que en adelante la haría descon¬fiar, se me ocurre, de las personas que la escriben.



Juan Carlos Moisés