sábado, 13 de diciembre de 2008

Poesía por encargo - (Juan Carlos Moisés)

POESIA POR ENCARGO

Estábamos de vacaciones en una provincia del norte del país. El calor del verano se hacía sentir aún a esa hora del atardecer. No sé cómo llegamos a esa vivienda de las afueras del pueblo. Por fuera y por dentro tenía los ladrillos sin revocar, el piso era de cemento, el techo bajo, con las viguetas y losetas a la vista. Era fin de año y andábamos festejando por anticipado. Habíamos salido a brindar sin rumbo fijo. A esas horas mi amigo tenía varias copas de más en su haber y estaba entonado para hablar. En el recorrido llegamos a esa casa que era de un conocido de mi amigo. El hombre era una especie de tahúr y le faltaba el antebrazo. Vestía hojotas, pantalón corto y una camisa manga corta que llevaba sin abrochar. Tenía una gran habilidad para manejar una damajuana de vino con su brazo mutilado y servir a la visita en cada vaso sin derramar una gota. La transpiración le brotaba de la cara y una sonrisa lo acompañaba al hablar. Su mujer era negra, de raza negra. Había nacido en el Brasil. Tenían varios hijos, varones y mujeres; algunos estaban en la casa, otros, dijo, los que ya habían crecido, estaban lejos. Cuando la señora morocha escuchó a mi amigo suelto de lengua presentarme exageradamente como un p¬oeta del sur, ni lerda ni perezosa me pidió que escri¬bie¬ra unos versos para su nietita que acababa de nacer en la capit¬al, en Buenos Aires. Era su primera nieta y estaba muy feliz; la noticia le había llegado el día anterior. No fue mi inten¬ción desilusionarla pero le dije que no me resultaba fácil escribir poesía por encargo. Nunca lo había hecho. Pero a mi nietita sí, dijo muy ilusionada. Le dije que intentaría hacerlo en la primera oportunidad que tuviera, o bien cuando volviera a mi casa del sur, que es donde mejor escribo, donde se me ocurren las cosas que escrib¬o. A modo de disculpa agregué que en todo ca¬so dudaba de poder hacerlo tan bien como ella desea¬ba y con los sentimientos que ella propiciaba para el momento. Unos ojos saltones y asombrados brotaron en medio de la bella oscuridad de su piel. El Brasil, lo que he visto o me imagino del Brasil, se encendió en sus ojos. La miré, miré su belleza demacrada por el trabajo del hogar, la cría de los hijos, antes que por los años. La mujer me miraba con cara de reflexio¬nar: ¿Cómo es posible que un poeta no sea capaz de escri¬bir unos simples versos para celebrar un nacimiento? Me dijo, sin vueltas: ¿Usted es o no es poeta?
Nos fuimos del lugar ya entrada la noche. Me sentí puesto a prueba por ella, pero también por la poesía, que yo creía dominar con la seguridad que da la experiencia. Pero antes de alejarnos hice algo que no tiene explicación, o al menos no supe encontrarla; fue ins¬tintivo. Bajo la luz de una lamparita amarillenta, corté una flor de su propio jardín y se la ofrecí. Le dije: Esto es una poesía, la mejor que ahora puedo ofrecerle. Aspiró su fragancia, como si realmente fuera una poesía. Pero no quedó convencida. Corté otra y le dije: Esta flor me la llevo para recordar el compromiso.
Nunca escribí ese poema. Quise pero no pude. Haber cortado una flor primero y después la otra, fue una manera de compensa¬ción secreta ante la decep¬ción que a la mujer le causó la poesía en general, que en adelante la haría descon¬fiar, se me ocurre, de las personas que la escriben.



Juan Carlos Moisés

viernes, 12 de diciembre de 2008

Poemas de Raúl Artola

Fabla viril


Pasolini me ha hecho leer y yo lo quiero
como al padre que nos señalaba la página perfecta
los canales venecianos y el capitel corintio
la belleza de la rama de glicinas
que cae sobre el muro y evocamos
una mañana neblinosa al ir a clase
sin saber la lección
las manos ateridas y los pies mudos
sobre las baldosas húmedas, desparejas.
Me hace leer Pasolini esa página
y yo le agradezco en silencio
acompañado por su sombra
y su mirada de padre que no quiso ser patrón
pero voló por olímpicas alturas.
Me contagia un ensalmo envolvente, cálido,
para soportar el recuerdo
de aquellas mañanas impiadosas
y los atardeceres turbios
de regreso a la casa del amor arrinconado.
Y Pasolini no estaba todavía
para decirme: muchacho,
esto pasará, ya tendrás
tus horas de sueño y de vigilia ensoñada
para restañar las heridas,
aguanta el invierno de la infancia,
yo te miro y a mi modo te cuido,
y aunque no lo dijera aún
yo oía su voz en otras bocas,
en el aire adverso
se abría un canal amistoso
con un guiño celeste
a la altura de mis párpados
y del desconsuelo que sólo olvidaba
al cruzar la calle
para escuchar el piano que me devolvía
una paz ignorada,
rescoldo que siento en mi pecho
tantos años después.



Construcción del día (IV)

Es temprano
y esculpo una manzana
en la cocina.
La escasa luz
de invierno
empieza a filtrar
por la ventana
sus lentos pinceles.
La manzana
puede ser pez
magnolia
cerebro
granada
pero es el alba
y sería mejor
que el barrio
siga descansando.
Me como
la granada
antes
de que estalle.

* * *

Las puertas se cambian
cuando empieza
el otoño.
La luz es buena
el sol no recalienta
el aire
hay menos moscas
y el viento amaina
por las tardes.
Todavía Yolanda
no pasa
con su canasto
en la cabeza.

* * *

Después de la noche ritual
vienen las sorpresas:
muchos
pocos
no se han matado
y empiezan a circular
por el mundo muerto.
Encuentros-desencuentros
liberaciones
salvamentos
todo sin planes.
Antes de la noche ritual
la muerte parecía
el único camino.

* * *

Si te siembran el camino
con flores, agradece.
No preguntes quién
ha obrado el homenaje.
Solo trata de no pisar
la alfombra roja.

* * *
(A Roxana Toscano)

Y pudiste decir
sin desangrarla
a la hora
del mayor frío
los mecheros
a tope
las mandíbulas
prietas
lo dijiste
y una brasa
se prendió
en mis oídos
una braza
y sus perlas
de agua

(El verso anterior
lo escribió
una niña
que vino
en mi ayuda)

lunes, 8 de diciembre de 2008

Antología argentino-libanesa Poéticas al Encuentro


Se ha editado finalmente el libro de poesía "Poéticas al Encuentro" integrado por poetas argentinos y libaneses por Tantalia, la editorial de la escritora Florencia Abbate.

Tenemos interés, señala el coordinador Edgardo Zuain, en que haya textos de Bustriazo Ortiz.

El proyecto surge a partir de que la poeta, traductora y periodista cultural de Líbano, Sabah Zuain, ha traducido al español unos treinta autores de aquel país (también serían treinta los poetas argentinos) y nos ha pedido que coordinemos en Argentina su publicación.

Finalmente surgió la idea de que fuese un libro que integre selecciones de textos de ambos lugares y nos hemos puesto a trabajar en su elaboración. Nos ha parecido que un proyecto de estas características es apropiado para contribuir a que países como Argentina y Líbano, que tienen en común importantes vínculos inmigratorios, puedan redescubrirse y reencontrarse a través de las expresiones artísticas o culturales.


La idea es que el libro, dentro de sus limitaciones cuantitativas, pueda brindar con la mayor amplitud posible un panorama estético, generacional y geográfico de la poesía argentina. La idea es que haya una selección de poemas de cada autor y se incluya una biografía y reseña literaria.

Fotografía: Jimmy Rodríguez

Seleccionados: Florencia Abbate; María Teresa Andruetto; Jorge Aulicino; Bárbara Belloc; Juan Bertazza; Jorge Bocannera; Juan Carlos Bustriazo Ortiz; Arturo Carrera; Daniel Chirom, María del Carmen Colombo; Rodolfo Edwards; Juan García Gayo; Juan Gelman; Hugo Gola; Rubén González; Andrea Guiu; Carlos Juárez Aldazábal; Hernán La Greca; Leonidas Lamborghini; Hugo Mujica; Delfina Muschietti; María Negroni; Aldo Luis Novelli; Hugo Padeletti; Fernando Sánchez Sorondo; Luis Tedesco; Laura Yasan; Edgardo Zuain.


aldo luis novelli/ desde los bordes del desierto.-
http://www.la-sed-infinita.blogspot.com http://www.fluidos-virtuales.blogspot.com http://www.otros-fluidos-virtuales.blogspot.com http://www.agonistas-del-fin-del-mundo.blogspot.com
La poesía es un oasis luminoso en medio del desierto. El poema es la sed.-



Participación musical: Eduardo Méndez
www.myspace.com/edudez
ResponderResponder a todos Mover...fotos!Turismo

jueves, 4 de diciembre de 2008

Alejandro Apo en Puerto Madryn

Alejandro Apo y Marcelo Sanjurjo en "...y el futbol contó un cuento" Este viernes 5 de diciembre a las 20.30 hs. en el Auditorio de laUniversidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco - Bvard Brown 3700

Entradas en ventaLibrería Buen Puerto – Av.Roca 457 Street – 25 de mayo 191

Auspicia Municipalidad de Puerto Madryn - Loginter S.A. - Meibar S.A-Heladería Sei Tu y otros comercios y empresas de la ciudad Declarado de Interés Municipal.

El periodista deportivo Alejandro Apo con el músico marplatense, Marcelo Sanjurjo, sorprenden con un emotivo y nostálgico espectáculo.Con los cuentos de siempre, las historias de vida, las anécdotas y las evocaciones con la pelota picando siempre cerca, en un encuentro que es un homenaje al fútbol, a la música, a la literatura y a la poesía. Con el talento del "Negro" Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano, el Negro Dolina, Eduardo Sacheri, las canciones del "Turco" Marcelo Sanjurjo y los cuentos narrados por Apo.Con el mensaje de siempre:"…Que el fútbol no es sólo fútbol, que el fútbol siempre está iluminado por la vida, como es la vida, ni maravillosa, ni extraordinaria, ni cruel: única…". Y que los futboleros no solo somos personas que hablamos de la pelota y de la jugada sino que también nos involucramos y accedemos a la cultura popular.Como no podía ser de otra manera, Alejandro y Marcelo le dedican un sentido homenaje al más grande jugador de todos los tiempos, a través de una bella balada de Pablo Coll cantada por Sanjurjo y los conmovedores "Versos para Maradona" de Héctor Negro, expresados por Alejandro.El espectáculo lleva recorridas más de 270 ciudades en todo el país y más de 400 representaciones. En el equipaje siempre va una anécdota de Labruna, un saludo eterno a Maradona, un tango de Cadícamo, una gambeta de Rojitas y un cuento del inolvidable Fontanarrosa.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La calle en fotografías

EL MUSEO MUNICIPAL DE ARTE DE PUERTO MADRYN INVITA A USTED A LA INAUGURACIÓN DE LA

MUESTRA ITINERANTE – UNA COLECCIÓN FOTOGRÁFICA DEL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES –

EL DIA MIERCOLES 26 DE NOVIEMBRE A LAS 20 HS- con Vernissage


La calle en fotografías: la vida misma



Colección Fotográfica del MNBA



La fotografía es el primer medio visual que permitió a sus cultores salir a la calle e instantáneamente captar la luz, el movimiento, la vida. Por primera vez se reflejó el mundo en forma directa. Antes de su invento, los paisajes se pintaban, como el resto de las imágenes, en el interior de los talleres. El grupo de Barbizon fue quizás el primer movimiento que decidió penetrar en el bosque de Fontainebleau, cerca de París, para inspirarse en la naturaleza inmersos en el entorno. Pero fueron las escenas callejeras, ese estar ahí, en el lugar donde todo ocurre, lo que sedujo a los primeros fotógrafos. Y esas imágenes nos parecen, hasta hoy, tan reales como la vida misma.

Muchos maestros antiguos y de la actualidad evitaron tomar fotos en interiores y tienen una obra notable producida en las calles del mundo. Recordamos a Jorge Aguirre, que se enorgullecía de haber tomado sus fotos más personales, serie que llamó Allegro ma non troppo, en un determinado perímetro de Buenos Aires. La calle fue vista desde sus ángulos más diversos: en su arquitectura, por medio del paisaje urbano, reflejando actitudes de la gente con toda su carga de crueldad o belleza, y también buscando significados puramente estéticos.

Los trabajos de Oscar Pintor, Juan Travnik y Humberto Rivas son ejemplos paradigmáticos del paisaje urbano, libres del elemento humano. La calle inspiró a Marcos López para recrear artificialmente momentos sorprendentes, a Carlos Furman y a Cristina García Rodero para producir imágenes que bordean el surrealismo, o a RES y Joan Fontcuberta para producir montajes fantasmagóricos. Los testimonios documentales de Horacio Coppola, Eduardo Longoni, Ortiz Mugica y Grete Stern refieren momentos que marcan épocas y costumbres. La creación estética de Franco Fontana o la poética manera de mirar a la gente de Henri Cartier Bresson siempre sorprenden y emocionan.

Más que ningún otro motivo de inspiración, la fotografía de la calle, como documento o testimonio, se vuelve inolvidable desde la óptica artística.



Sara Facio

Curadora

jueves, 13 de noviembre de 2008

Concurso Fotográfico

CONCURSO FOTOGRAFICO
2008
15º ANIVERSARIO
DE LA ASOCIACION DE ARTISTAS PLASTICOS RODRIGUENSES

LA ASOCIACION DE ARTISTAS PLASTICOS DE GRAL. RODRIGUEZ –AAPRO- CONVOCA AL PRIMER CONCURSO FOTOGRAFICO ‘’AAPROFOTOS’’ COMO PARTE DE LAS ACTIVIDADES PROGRAMADAS PARA CONMEMORAR EL 11 DE DICIEMBRE DE 2008 EL 15º ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN.-

REGLAMENTO
1. PODRAN PARTICIPAR TODOS AQUELLOS QUE DESEEN MOSTRAR SUS OBRAS FOTOGRAFICAS - 2 CATEGORIAS : MENORES HASTA 18 AÑOS Y MAYORES
2. TEMA : LIBRE
3. SECCIONES : MONOCROMO (Blanco y Negro ) Y COLOR
4. CADA AUTOR PODRÁ PRESENTAR HASTA 6 FOTOS POR SECCIÓN. ES OBLIGATORIO QUE LLEVEN TÍTULO. NO SE ACEPTARÁN REPRODUCCIONES, FOTOCOPIAS, NI OBRAS QUE PUEDAN INTERPRETARSE COMO PROPAGANDA. NO SE ACEPTARAN FOTOS COLOREADAS A MANO.
5. LAS OBRAS RESPETARÁN LAS SIGUIENTES PAUTAS

 TAMAÑO : UNICO DE 20X30 SIN MONTAR
 NO LLEVARA AL FRENTE INSCRIPCIÓN ALGUNA . AL DORSO DEBERÁ CONSTAR: TITULO DE LA OBRA, Y EL SEUDÓNIMO DEL AUTOR. EN SOBRE CERRADO SE CONSIGNARÁN LOS DATOS PERSONALES APELLIDO Y NOMBRE, SEUDONIMO, DOCUMENTO, TELEFONO, DOMICILIO Y E-MAIL. EL SOBRE SE IDENTIFICARA CON EL SEUDONIMO .-
 ESTA PROHIBIDA LA PRESENTACION DE OBRAS CUYA SIMILITUD DE IMAGEN PUEDA DAR LUGAR A INTERPRETAR QUE SE TRATA DE UNA OBRA YA CONOCIDA, DE LA MISMA SECCIÓN O DE OTRA SECCIÓN.-
 LAS OBRAS, EN SOBRE CERRADO, SE RECIBIRÁN EN AAPRO – PEDRO WHELAN Y MARIANO MORENO Gral Rodríguez Y en EL LABO –SAN JOSE 275 Ciudad de Buenos Aires .- LAS OBRAS REMITIDAS POR CORREO SE ACEPTARAN SIEMPRE QUE SE RECIBAN PREVIAS A LA FECHA DEL JUZGAMIENTO .NO SE ACEPTARAN FOTOS REMITIDAS VIA CORREO ELECTRONICO.- LOS PREMIOS NO SERAN ACUMULATIVOS .-
 CRONOGRAMA :
 RECEPCIÓN DE OBRAS: EN AAPRO – PEDRO WHELAN Y MARIANO MORENO GRAL RODRIGUEZ LOS DIAS 26,27 Y 28 DE NOVIEMBRE DE 14 A 20 HS Y EL SABADO 29 DE NOVIEMBRE DE 9 A 13 HS. EN EL LABO-SAN JOSE 275 CIUDAD DE BUENOS AIRES HASTA EL 28 DE NOVIEMBRE DE 10 A 18 HS
 JUZGAMIENTO : 6 DE DICIEMBRE 15 HS en AAPRO
 INAUGURACIÓN 13 DE DICIEMBRE DE 2008 A LAS 20.30 HS EN EL HONORABLE CONCEJO DELIBERANTE DE GRAL RODRIGUEZ ( GARRAHAN Y 2 DE ABRIL ) – MUNICIPALIDAD DE GRAL RODRIGUEZ
 6.- PREMIOS

SE OTORGARÁN LOS SIGUIENTES PREMIOS :

TROFEO REVELACIÓN 2008
MEJOR FOTOGRAFIA ALUMNO CURSO DE FOTOGRAFIA AAPROFOTOS

PARA CADA CATEGORÍA ( MONOCROMO Y COLOR )
1° PREMIO DIPLOMA Y TROFEO Gentileza Prof. Miguel A Grecco - 1 Ampliación 30 x 40 Gentileza de EL LABO ( San José 275 Cap)
2º PREMIO DIPLOMA Y MEDALLA Gentileza Prof. Miguel A Grecco- 1 copia 20 x30 Gentileza de EL LABO ( San José 275 Cap)
3º PREMIO DIPLOMA y 1 copia 20 x30 Gentileza de EL LABO (San José 275 Cap)

MENCIONES : LAS QUE DETERMINE EL JURADO: DIPLOMA
7.-LAS DECISIONES DEL JURADO SERAN INAPELABLES
8.- RETIRO DE LAS OBRAS A PARTIR DEL 20 DE DICIEMBRE .-
Contacto 011-15-5040-9345 –Silvia –
011-15-5002-1589 –Elida-

domingo, 9 de noviembre de 2008

Tú de Susana Roberts

Tu
que eres pastor de una brisa
con puntos estelares
que se encienden la silueta de la luna

tú que supervisas vientres fragmentados
cuando cavilan los ruegos

tú que eres harina de molienda
y le muestras al sol todas sus edades

yo me inscribo con el làtigo del tiempo
al curso sencillo donde se pliegan
páginas amarillas con rumores de salmo
troqueles al paraiso y la sutil transparencia
que jadea la esperanza

tú y yo sin más
sobrevivimos al metal acorazado
a la sombra de olivos y cerezos
al costado de un río y sus sueños
dejando el duro acento en el cristal
el alma en bella forma
cuando se pone a roncar el viento
en el cruce veloz de todas las espigas.-

copyright-Susana Roberts

viernes, 17 de octubre de 2008

domingo, 12 de octubre de 2008

El lado de las palabras por Juan Carlos Moisés

EL LADO DE LAS PALABRAS

Si convenimos que todas las cosas tienen dos lados, las palabras deben de tener los suyos, por cierto. La primera pregunta es tan curiosa como necesaria: ¿Qué hay del otro lado de las palabras? Lo primero que se me ocurre es que puede haber una o varias versiones del lado que complementan. El otro lado de las palabras puede ser un ojo que ve a la reversa, como una escopeta que pudiera disparar también por la culata. ¿Está despierto o está dormido el otro lado de las palabras? Se me hace que hay que golpear de este lado para que el otro lado de las palabras se dé por aludido. ¿Si le hablamos, nos responde el otro lado de las palabras? ¿Si no nos responde, es eso lógico? ¿O es una desilusión? ¿O las dos cosas? Se supone que hay parentesco entre uno y otro lado. ¿Si pincho de este lado, del otro se escuchará un grito? A menos que se desinfle porque el tajo fuera demasiado grande para su resistencia. ¿Es fuerte o es débil el otro lado de las palabras? Puede que se le note la renguera al caminar, o que se tambalee si empujamos más de la cuenta, como si las palabras fueran un árbol, un hombre, una mujer, que caen al suelo por descuido antes que por gravedad. ¿Y si el otro lado de las palabras es como el lado oscuro de la luna, que nunca podemos ver desde donde estamos? ¿Habrá palabras en el otro lado de las palabras? ¿En ese caso, en qué idioma estará escrito el otro lado de las palabras? ¿Acaso está escrito? Ya no sé si lo que nos ocupa es un desafío para la gramática o para los sentidos. ¿Y si hubiera vacío, sólo vacío? En vano esperaríamos que nos devele un secreto inexistente. Entonces se me ocurre que la tarea de quien escribe sería poner un pie en ese vacío y dejar la huella.


Juan Carlos Moisés




Omar Terraza por Juan Carlos Moisés

OMAR TERRAZA

Omar Terraza nació en Comodoro Rivadavia el 4 de febrero de 1954. Fue un poeta prematuro, como prematura fue su muerte el 3 de julio de 1977, en su Comodoro natal. Apenas había cumplido veintitrés años. Algunos de sus poemas se habían difundido en diarios de la ciudad y en el libro Poesía inmediata, que incluía sus poemas y letras de canciones de dos amigos comodorenses. Tuvo la urgencia de decir lo que era necesario decir en aquel fugaz despertar social y político que se inició poco antes de las elecciones de marzo de 1973 y que el cruento golpe militar del ‘76 interrumpiera abruptamente. La gracia luminosa de su poesía, sin embargo, sobrevive a la tragedia. Sin embargo, es escasa o nula la difusión que su obra ha tenido desde entonces. Por ejemplo, en la web no hay uno solo de sus poemas.
Que yo sepa, sobre la vida y la obra de Omar Terraza sólo se ha dado a conocer el libro Fragmentos de un texto inconcluso, del escritor comodorense J. Ángel Uranga, que conoció al joven poeta y fue su amigo. Editado en 1997 en una edición de autor, es un aporte tan valioso como imprescindible para acceder a una obra que nos parece necesario preservar de los descuidos de nuestra memoria cultural. Esos primeros años de la década del ’70 en los que Omar despertó a la poesía y comenzó a afianzar un lenguaje, fueron años de esperanza primero y de frustración después, con el golpe militar que instauró la dictadura más cruenta de la historia en el país.
Asimismo, desde las páginas del diario El Patagónico, de Comodoro Rivadavia, en su columna Las palabras y los días, el escritor David Aracena -una especie de patriarca, a la vez que maestro, amado por todos los escritores que lo conocimos y frecuentamos su obra-, supo desde un primer momento poner en valor la poesía que Omar dio a conocer cuando todavía no había cumplido los 20 años. En esa columna, tres días después de la tragedia, David Aracena hizo una breve crónica de las últimas horas de Omar y sus amigos. Escribió: “… amaban la alegría, el amor, la amistad. Era su estatura de hombres niños, nacidos en esta ciudad.”
La muerte le llegó demasiado temprano. Lo increíblemente trágico, fue que con él murieron sus tres amigos: Jorge Secar (un eximio dibujante), Néstor Zeni y Carlos Moraga. En la madrugada del domingo 3 de julio de 1977, en la ruta 3, en el Barrio Industrial de Comodoro Rivadavia, los cuatro amigos inseparables, en un auto pequeño sufrieron el accidente fatal, tras ser impactados por un camión.
Quienes lo conocimos o conocemos su poesía lo leemos como una forma de conciencia contra el olvido.


Juan Carlos Moisés
Sarmiento, Chubut, 8-10-08





Los dos poemas que se transcriben fueron publicados en Fragmentos de un texto inconcluso (1997), de J. Ángel Uranga.





Mis amigos mis pobres amigos

mis amigos mis pobres amigos
mis compañeros mis artistas amigos mis enfermos
tristes amigos
son tan fáciles mis amigos de recordar vale
la pena caminar la luna y beberse todo el vino
mis amigos tiemblan mujeres
mis amigos hacen llorar
mis amigos se parecen a
los muertos que se niegan
mis amigos ya no pueden más





LA CASA

La casa estaba llena de todos.
Era un mundo donde empezaba el infinito
y nadie temía volverse invisible.
El patio pequeño y cuadrado (la nena
está jugando y dice que se llama Caperucita
en el patio blanco y cuadrado)
y la siesta amarilla.
El reloj bueno y el reloj pesado
del abuelo ausente.
La ventana donde la lluvia golpea
y el país es una tarde sin chicos.
La mesa redonda de los deberes
y el comedor de la visitas.
Había un lugar para el amor
y un lugar para el dolor…
Estabas vos tan alta
y tus manos de cocinar
y tus labios diciéndome sí
y papá en gris vestido de gris
con una melodía
entre melancólica y dulce
que nunca pude olvidar.
Tan allá me quedé.
Tan al fondo de todo
que ahora sé
que el colectivo que tomaba
en la esquina de casa
nunca me pudo llevar
más allá de la esquina de casa.

Omar Terraza (Comodoro Rivadavia, 1954 – 1977)

domingo, 5 de octubre de 2008

Diana Sánchez

Madre de los ríos

A la vera del Paraná y en cuclillas, Ausberta Epifanía del Zocavón Plano, intentaba pescar bogas. O, tarariras.

Era verano y la selva estallaba en perfumes. Y en sonidos. Pájaros desconocidos, una especie de gallinetas se atorbellinaban en la cima de un ñandubay. Los pajarracos chillaban. En gritos de angustia, parecían insultarse. Eso llamó la atención a Ausberta. Cuando reboleó la línea, los pájaros, alborotados, atravesaron el río para refugiarse en las palmeras que se divisaban del otro lado. ¿Sería un presagio?

El sol, adormecido, empezaba a declinar hacia el oeste, mientras el Paraná se teñía de naranjas. Ausberta, se sacó la pollera, estiró las piernas. Y se miró el ombligo. El suyo, parecía hecho a mano. Moldeado, como el repulgue de las empanadas de dulce de la abuela.

Aburrida y desalentada por la ausencia de los peces, Ausberta, con el dedo pequeño, empezó a rascarse el ombligo. Y, de paso, a limpiárselo. Tan entusiasmada estaba, que soltó, sin darse cuenta, la línea en la que tironeaba una boga.

Al principio, el ombligo, irritado, se resistió, contrayéndose. Pero, ajena al reclamo, ella siguió hurgando.

El ombligo, poco a poco, empezó a dilatarse. Por fin, se transformó en un hueco profundo y oscuro. Entonces, Ausberta, hecha un ovillo, apoyó el oído sobre él. Una voz dulce y melancólica como los jazmines que la rodeaban, la llamó con insistencia.

Ella metió una mano, después la otra.

La luna, amarillenta y repleta, se perfilaba entre las casuarinas cuando Ausberta Epifanía del Zocavón Plano, con mucho esfuerzo, extrajo de su ombligo un cuerpo pequeño, sonrosado. Lo acomodó sobre la arena blanca, después, uniendo las manos como un cuenco, se arrodilló y le dio a beber el agua bendita del río.

La madre, dejó de lloriquear y le sonrió, agradecida.


Diana Sánchez nació en Bs. As.
Desde 1986 escribe cuentos breves. Ha participado en numerosos Concursos en Argentina de los que obtuvo Premios y Distinciones reiteradas veces. En 2007, resultó Finalista en Barcelona, (España).
Varios de sus cuentos han sido leídos en distintas Radios y publicados en Revistas Literarias en el país y en México.

En 2000, publica Universo secreto, (Cuentos)
En 2003, participa en “Bs. As. Lee” Programa
de Lecturas en Barrios.
En Octubre, 2005 presenta La soga (Cuentos) y Ramiro y el mar (Minificciones)
En 2006, El arco iris de Sofía, (Minificciones).
En 2007, el Diario Perfil (Supto. de Cultura), publica un cuento de
La soga.



miércoles, 13 de agosto de 2008

jerez volcado (J. Spíndola)

te digo que soy viejo


yo era pez
un pez espada de perfil
siempre yéndose
yo era un pez espada
navegando adentro de una roca
mi mar es una piedra oscura.

cuando era pez
vivía en el cielo negro
de una piedra gaseosa
y había un túnel en el fondo
había un barco siempre lejos.

después me puse chico
niño de hombre
me puse a deshacer a pelotazos
el portón de la casa de mi abuela
le pegué tantas patadas
que le hice un agujero
y nos fuimos con mi perro

y hacía frío
afuera del agujero del portón
de la casa de la madre
que criaba pájaros y los soplaba
hacia el favor del viento.

resbalaba
yo resbalaba sobre calles escarchadas
con agujeros en los zapatos
mi perro caimán
lamía mi alma agujereada
se comía la tierra de mis uñas.

soy un hombre viejo

el viento ahora ronca
una vez quebró un poste de luz
delante de mis ojos
y cayeron los cables con pájaros
electrocutados
no había luz
eso fue cuando era niño de hombre

porque otra vez
yo andaba en el agua
y era una manzana salada
una manzana verde de mar
hecha polvo en el oleaje
espuma de manzana
lamiendo las orillas de la tierra.

te digo que soy un hombre viejo

cómo será ser nada
cómo será esa nada
que rodea nuestra vidas

soy viejo
ya lamí el himen fosforescente
ya soplé con tus pezones margaritas
ya deshojé la punta de tu leche

y he vuelto a dormir adentro de un ombligo

ya sé que para volar
hay que arrancarle la piel a una doncella.

dame un trago de jerez
y un beso
tus pies son tan delicados/
me los bebería de un solo trago.

y ahora la lluvia,
te digo que soy viejo,
la lluvia lava las mentiras

cae sobre los cementerios
y deja como nuevas las tumbas
y las cruces
la lluvia es buena para el pelo

la lluvia moja el mar en este instante

hacen el amor la lluvia con el mar?
nacen hijos de ese amor?
hombres de agua que calmarán la sed
que hay en este mundo?

ahora mismo soy un niño viejo
adentro de una piedra
mirando llover y llover
sobre el lomo de los siglos

no sé
tomemos otro trago de jerez.

CLIC PLOC CLAC (S. Iglesias)

Occidente, tiene un complejo de virilidad. No se permite las formas literarias cortas, son “sin lectores”, serían acusados de afectación.

Lo corto también es visto como defecto. “Ser corto de palabras, ser tímido, ser corto de entendederas.”

Existen pocas formas breves en la modernidad, que es más bien charlatana, acechada por la idea de que se le impide hablar, donde hay una valoración de la abundancia verbal: qué bien habla, cuántas palabras usa. Se advierte un desprecio de la doxa por el que escribe “pequeños nadas”, la longitud de libros, filmes, conforman un criterio de calidad.

Por otro lado, las formas breves atraen el ojo sobre la página, la interrupción blanca descansa, distrae. Ejerce fascinación por su aireación. Vamos a ellas como algo que no nos aburrirá.

Hay mucho aire aquí en Patagonia, las gentes toman distancia unas de otras, las palabras, también. Un puñado de personas reunidas alrededor de una plaza, un puñado de palabras reunidas alrededor de un fuego, después, la nieve, la página toda blanca, la meseta que parece desértica y esconde mucha vida en su interior, así la página blanca también dice, respira. En la respiración hay vida.

Esa respiración genera un cierto vacío, no poder decir nada, distinto de no tener nada que decir. El vacío se toma sensualmente, como una respiración. Se produce una afirmación del vacío: desangustia del ahogo, fantasma del oxígeno, de la respiración eufórica, celebratoria. Extasis, vacío de palabras.

Para apreciarlo es necesario verlo escrito, con la interrupción de las líneas: pequeño bloque aireado de escritura, formando una “palabra” (y no un discurso articulado en oraciones).

Clic

Es la sorpresa de un gesto, ¡es eso! Clic. Algo que no habríamos pensado mirar en su tenuidad. De allí intenta nacer mi poesía. Se produce un clic, desencadena como único comentario ¡es eso!

(Este clic tiene una relación con el Zen, por el satori (=clic) y también por una noción zen: “nada en especial”. Es la visión“Tal como es”).

Este clic es antiinterpretativo: bloquea la interpretación. Su ser repele todo adjetivo. Este clic es la visión : “nada en especial”. “Tal como es”.

Así es como siento la necesidad de crear poemas en esta Patagonia: poniendo las cosas en su naturalidad, sin comentarlas. Una manera de desbaratar las ganas de interpretar, y de disertar seriamente sobre el sentido de las cosas. El poema designa, luego calla.

El clic, una especie de tintineo breve, único y cristalino que dice acabo de ser tocado por algo. Arte de la contingencia, de lo que llega, cae por casualidad. Arte del Encuentro. Cae sobre mí. Un incidente aparece. El coraje está en no explicar, pongo al desnudo su futilidad y la asumo.

Ploc

Existe en nuestra sociedad una resistencia a lo particular, tendencia a generalizar, a la abstracción, gusto por las leyes, lo reductible, de igualar los fenómenos en lugar de diferenciarlos al extremo. El espíritu humano, por su naturaleza, es llevado a las abstracciones y ve estable lo que está en continuo cambio.

El poema que intento, produce una intención. No una extensión. No hay despliegue, ni explicitación. Es pimpollo. Es una piedra en el agua pero no nos quedamos a ver las ondas, sino que recibimos el ruido, el ploc.

El referente siempre es algo particular. No se evoca una generalidad. En cada poema hay un elemento tangible, que puede ser tocado, palpado. El lenguaje hegemónico, las teorías académicas, las ideas morales, la retórica, están en las antípodas de la poesía que escribo hasta ahora. Refiero un mundo inmediato y microscópico.

Clac

Algo salta al lenguaje. Una especie de implosión. Una escritura de la percepción. Algo cae, eso es todo. Un incidente. Lo que apenas puede ser notado. Una suerte de grado cero de la notación, apenas lo que hay para poder escribir algo. (El imperio de los sentidos).

Siento un pudor ¿patagónico? Aunque mi cuerpo está presente sin que tenga que decir yo, pues siempre se trata de mi cuerpo.

El deseo casi no aparece señalado, no erótico. Si aparece, es una sutileza compleja, discreción, restricción de lo deseable, con cierta impersonalidad. Se da también ausencia casi del tema amoroso. Incompatibilidad entre el amor y el poema. El amor obliga a hablar masivamente de uno mismo.

Siempre me interesó trabajar en la suspensión del efecto, del énfasis, de la arrogancia.

Cada poema intenta ser un acto de discreción. Un mundo riguroso de lo indirecto, que puede llamarse también pudor. Un pudor que se elige, no inhabilita. No sólo con respecto al sexo, sino también con respecto a los compromisos del discurso, aquello de lo que se debe hablar porque es míticamente importante, bien visto, conforme, ritual. (alusiones bibliográficas, menciones de la cultura hegemónica…)

Trabajo también la suspensión, la extenuación de lo ideológico. No hay ninguna vibración de arrogancia, de valor, ni siquiera de religión. Sólo un asentimiento de lo que es. Una vía de la realidad, no de la verdad (=ideología, discurso). Poemas con la realidad descremada de su vibración ideológica. De su comentario. De su “sentido”.

Detenido al borde del efecto. Lo neutro (Blanchot). Una posición de casi ausencia, efecto de no efecto. Aparición de un incidente, de un pliegue menudo, una rasgadura insignificante sobre una gran superficie vacía. Des- afectada.

Habla de circunstantes más que de referentes. No está lo tético (tesis), se plantean entornos, circunstancias.

Creo ver en esto también el matiz patagónico: Los patagónicos tal como somos, sin artificio. Despojados a veces de maneras y protocolos.

Un texto sin adjetivos. Que habla con imágenes solamente sensibles, casi sin nexos consecutivos o adversativos, que son elementos abstractos. (asíndeton, parataxis, Condillac).

En un determinado momento viví el agotamiento del discurso político, la extenuación de la palabra académica y del lugar común en la literatura, y tuve la imperiosa necesidad de cercenar el lenguaje de amaneramientos y afectación tanto como me fuera posible.

Creo que el fin - y la naturaleza - del poema es imponerle silencio finalmente a todo metalenguaje. Y que se perciba el roce erótico entre una forma, una frase con su ascesis, ausencia de grasa y un referente. Una fruición inmediata de lo sensible y de la escritura, uno gozando por la otra, gracias a la frase.

Quiero decir, aspiro a un poema que surge con un “clic”, cae y hace “ploc” y al timbrar finalmente sus palabras, “clac”.

A propósito de la literatura y la identidad regional (R. Artola)


Extrañamiento y pertenencia

Una frase muy socorrida dice que “la patria es la infancia”. Y va camino de ser anónima, por la vía más habitual: que se la atribuyan cada vez a más autores, hasta que sea imposible dilucidarlo. Hoy dicen todavía que la acuñó Baudelaire, Rilke, Saint-Exupèry, Gabriela Mistral, Borges, Mishima, Jauretche, Proust, Alfonsina Storni, Jacques Prévert, Juan Ramón Jiménez, Miguel Delibes y hasta Juan José Saer, entre otros. El Google no me deja mentir.

Si partimos de la verdad y fuerza que encierra esa aseveración, podemos avanzar un poco más y acercarnos a una idea de Juan Carlos Moisés, que en un ensayo famoso dice: “Es posible que las imágenes de la infancia sean las que marquen a fuego a una persona para toda la vida”: Y agrega que si la persona deviene en poeta, “esas imágenes primerizas serán definitorias”.1

Ya que estamos en esto, qué mejor que preguntarle a Pavese lo que opina. El gran poeta dice en su trabajo “Estado de gracia” que “de cualquier individuo se puede sostener que los símbolos no radican tanto en sus hallazgos librescos o académicos, sino en los míticos y casi elementales descubrimientos de infancia, en los contactos humildísimos e inconscientes con las realidades cotidianas y domésticas que lo acogieron al principio: no la alta poesía sino la fábula, las rencillas, la oración; no la gran pintura sino el almanaque y la estampa; no la ciencia sino la superstición”.2

Soy consciente de estar recorriendo, con estas citas y referencias, un camino conocido y prestigioso, de indudable universalidad. Que he transitado muchas veces estos años, que conozco conceptualmente bien, lo he aprendido. La novedad es que no lo había comprendido hasta hace muy poco.

Llevo viviendo en la Patagonia hace más de 30 años, 33 para ser exactos, más de la mitad de mi vida. Durante este tiempo he viajado bastante por pueblos y ciudades de varias provincias de la región, casi siempre para encontrarme con escritores, poetas y otros artistas, en reuniones, ferias, certámenes y otras ocasiones de celebrar la palabra. En un par de lugares me quedé hasta un año e hice amigos entrañables. En todos lados aprendí de las más variadas clases de gente, anduve alerta, con los sentidos abiertos, igual que el corazón. Me enriquecí con la única riqueza que no se esfuma con un golpe de mala suerte, de adversidad climática o de gobiernos incompetentes o perversos: adquirí conocimientos de vida, lenguajes nuevos, compartí alegrías y tristezas, tuve compañeros de camino y amigas de entrecasa. Hasta donde me dio el cuero, no me privé de experiencias.

¿Adónde vamos con estas disquisiciones, se preguntarán? Desvarío un tanto, como otras veces, pero vamos lentamente a puerto. No sé si bueno y seguro, pero amarraremos en alguna dársena.

Estábamos en mi estancia y modestas andanzas por la Patagonia. Salvo los paréntesis aludidos, he vivido el resto de estos años en Viedma, capital de Río Negro, casi en el límite norte de la región. Llegué mayor, no digo hombre hecho sino más bien deshecho, pero ya de 27 años, con mi primer hijo y pronto a nacer el segundo. El destino fue azaroso y necesario, casi como cerrar los ojos y tantear el mapa en un terreno menos perforado por las balas y sembrado de muertos que la ciudad de La Plata donde empezaba su corto reinado de terror la Triple A de López Rega y hacían su bautismo criminal los comandos paramilitares, precursores de la dictadura instaurada poco después.

¿Qué tiene que ver todo esto con la literatura, o al menos con mi escritura? Mucho, apenas recordemos los primeros párrafos de esta intervención.

Desde que me establecí en Viedma ejercí el periodismo en varios medios gráficos, en radios y agencias de noticias. La literatura era un berretín de lector empedernido, habiéndome atrevido a probar el cuento con rápida y engañosa fortuna un par de años antes. Y la poesía, un sobresalto tan gozoso como liberador en medio de trabajos y familia.

Todo lo que he publicado fue escrito mientras vivía en la Patagonia. Sin embargo, nunca pude vencer ni entender la sensación de ser un extraño en tierras extrañas. Aunque jamás añoré los viejos horizontes al punto de hacer planes concretos de regreso. Es más: si he fantaseado con algún nuevo domicilio lo imaginé dentro de la Patagonia.

Esa sensación encierra la paradoja de extrañamiento y pertenencia a la vez, tal como la ha definido Diana Bellesi, en su caso para referirse a lo experimentado en sus viajes por América Latina.3

Esa ambigüedad, por muchos años, no se reflejó en mi escritura o al menos yo no la podía ni puedo detectar. Por más que relea textos de mis primeros quince años en la Patagonia no encuentro motivos, palabras, giros lingüísticos que hagan suponer al eventual lector un lugar de residencia determinado de su autor. A lo sumo, podrá inferirse que se trata de un argentino, acá sí por múltiples marcas.

Con el tiempo, antes en la narrativa que en la poesía, aparecieron situaciones y personajes ambientados en Río Negro, sobre todo entre Carmen de Patagones y Viedma, siempre en el siglo XIX. Para urdir esas ficciones me había apoderado de retazos de historia, o mejor dicho de grietas en la historia de la vida comarcana en las primeras décadas desde su fundación. Me sorprendí mucho al haber encontrado este camino narrativo, pues no lo planeé ni preví que eso sucedería alguna vez. Quizá porque creía no haber acogido con suficiente fuerza, afecto ni autoridad el paisaje del lugar donde vivo, lo mismo que su historia y rasgos culturales.

Estos materiales ingresados naturalmente entre mis recursos a mano para la escritura me resultaron gratos en la ejecución y sirvieron para desmentirme un desarraigo que consideraba fatal, irreversible.

Para la misma época mudé de casa, me afinqué en la zona sur de Viedma, a muchas cuadras del centro, en un barrio popular recién inaugurado. Fue el cambio de ambiente y vecindario más abrupto que afronté, simultáneo con una ruptura amorosa que se llevaba toda mi energía. Supuse que la mudanza no hacía demasiada huella en mi ánimo ante el desbarajuste emocional. Sin embargo, un año después, me encontré recopilando textos que aludían inequívocamente a mi nuevo entorno, poemas del barrio de variados tonos y colores, muchas veces irónicos y hasta divertidos, con descripciones un tanto bucólicas. Esta vez la satisfacción fue mucho mayor ante el hallazgo: el lugar donde vivía había logrado conmoverme más allá de toda esperanza y previsión.

Bien adaptado, entonces, para la escasa tolerancia que para lo social tiene un solitario, poco asimilado a usos y costumbres, con un distante respeto por las tradiciones y veneración de próceres locales y sus gestas, había al menos aprovechado algunas historias para reescribirlas a mi modo y pude reflejar en varios textos el heterogéneo barrio que me tocó en suerte.

En todo lo demás, seguía siendo el chico y el muchacho de la pampa bonaerense que crió sus ojos en el horizonte verde y llano con molinos y aguadas constantes, poblados próximos signados por ríos, arroyos y lagunas silvestres, patos silbones y teros escandalosos, atardeceres mansos y rojos, arcoiris después de cada lluvia, los olores del jardín familiar que perfuma todo el aire e inspira el croar de las ranas y el canto de los grillos, con casas altas y antiguas como sólo tiene Carmen de Patagones, ciudad hermana del Carmen de Las Flores, para reconfortar mis recuerdos. Desde hace más de treinta años, cruzar en lancha de Viedma a Patagones, subir la cuesta de sus primeras calles hasta el centro, pisar la Plaza 7 de Marzo y llenar mis pulmones con los aires bonaerenses, es un placer tan hondo cual entrar en un oasis privado que no ha sufrido mella con el paso del tiempo.

Estas reflexiones me han brotado a partir de una confesión inesperada y pública, ocurrida hace pocos meses.

Me tocaba coordinar una mesa sobre “Narración y Patagonia” en la Feria del Libro en Buenos Aires, organizada por los amigos de “Tela de Rayón”, suplemento cultural del diario “Jornada” de Trelew. Mis compañeros de panel eran todos chubutenses nativos, aunque dos de las escritoras viven desde hace años en Buenos Aires. Sobre el final de una larga conversación, y acicateado por la inteligente pregunta de un joven estudiante de Letras nacido en Madryn, me escuché decir: “Siento una fuerte ambigüedad de sentimientos: amo a la Patagonia pero me cuesta mucho decir que me sienta un patagónico. Vivo en Viedma, donde tengo un pie firme, para nada vacilante, pero el otro planea entre Las Flores y La Plata, donde nací y me crié, estudié, tuve militancia política y gremial y fundé familia. Con esa dualidad convivo sin angustias pero con cierta perplejidad y no puedo dirimirla ni resolverla en otro lugar, en otro plano, que no sea en el de mi escritura. Y allí ya no puedo opinar; tendrán que hacerlo los lectores de mis textos”.

Ahora que llegué a este punto del relato sobre mis hallazgos personales, me pregunto qué valor o interés puede tener para otros. Lo primero que se me ocurre es que en la Patagonia, tierra de inmigrantes por antonomasia, vive mucha gente con una historia parecida a la mía, pues ha llegado a radicarse después de nutrir sus sentidos y su memoria con imágenes de otras tierras, de lejanas latitudes y realidades muy disímiles. Tal vez esas personas, sean escritores o no, encuentren un eco de su peripecia de vida en estas vivencias que intento transmitir.

Por otra parte, si “la patria es la infancia” por imperio natural, en tanto sustrato sensorial, emocional y afectivo, para los que construimos nuestro mundo interior, intelectual pero también afectivo, mediante la palabra escrita, como lectores primero y luego como escritores y siempre lectores, la patria elegida es el lenguaje, la lengua madre, la combinación permanente de unos sonidos y sus significados, que dan sentido a nuestra vida.

De allí puede proceder la sensación, la situación de extrañamiento respecto de la tierra, del lugar físico que habitamos, que no nos colma, no termina de enamorarnos, nunca termina de ser “nuestro” lugar. Creo que para el artista el sentido de pertenencia a un territorio es ilusorio cuando no voluntarista, y hasta político en su sentido más amplio. Quien trabaja con los lenguajes simbólicos del arte se remite constantemente a ellos, sus herramientas son el único lugar seguro de referencia y cobijo, de arduo placer, de trabajo en la vigilia y durante el sueño, de desvelo constante y rumbo cierto.

Borges y Abelardo Castillo, por citar a los que tengo más a mano, identifican a la literatura con la palabra destino. No destino con el sentido griego de fatalidad y arbitrio de los dioses; destino como rapto de la imaginación cazada al vuelo en alguna siesta de niñez o adolescencia; destino como determinación y voluntad, como trabajo y reparación en un solo acto; destino como lo ineluctable, sendero apenas entrevisto que intuimos es camino central; destino como el inexorable derrotero marcado en un boleto de ida; destino como pasaje, rito y juego.

Por todas estas cosas, y por muchas más seguramente, de las que a veces tomamos apuntes para intentar borradores de futuros textos, ha de ser que el tema de la identidad regional es motivo de conversaciones, coincidencias y disensos, lo mismo que origina facturas de distinto sabor a la hora de tejer un poema o esculpir un relato o novelar personajes o investigar sucedidos.

El profesor Virgilio Zampini, en un libro que merece urgente reedición, definía: “Habitar es dar sentido a un espacio. Es construir, por la palabra, un ámbito de significados. Vivimos en los espacios que, de un modo peculiar, han creado los textos literarios”, para concluir más adelante que “el espacio que hoy llamamos Patagonia es también la resultante de una construcción literaria”.4

Dicho con otras palabras, tal vez valdría la pena preguntarse si antes que esperar o aspirar a que una región produzca una determinada literatura, de colores, contornos y perfumes más o menos previsibles, no sería saludable suponer que la literatura es la que va produciendo la fisonomía, los rasgos y el carácter de la región desde la que se escribe. Como todos los aportes que el arte hace para perfilar una cultura.

Referencias

  1. Moisés, Juan Carlos. “Escribir en la Patagonia”, revista-libro “El Camarote” Nº 3, Viedma, junio/julio 2004.
  2. Pavese, Cesare. El oficio de poeta, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1970.
  3. Bellesi, Diana. Entrevista por Alicia Genovese y María del Carmen Colombo, en Colibrí, ¡lanza relámpagos!, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1996.
  4. Zampini, Virgilio. Construcción literaria del espacio patagónico, Ed. Biblioteca Agustín Alvarez, Trelew, 1996.

(Texto de la ponencia presentada en el XXVI Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn, agosto 2008, en mesa compartida con Silvia Iglesias, Juan Carlos Moisés y Jorge Spíndola, bajo el título “Cuatro voses”).

La gambeta del mínimo esfuerzo (R. Artola)

Si pude gambetear hasta aquí la mayoría de las desgracias de esta vida es porque nací con la ley del mínimo esfuerzo incorporada a mi equipo básico.

Criado en la tradición judeo-cristiana y su culpa congénita y el sudor de tu frente, a lo que se agregó, en armonioso connubio, la impronta positivista del racionalismo con sus vidrios de colores del afán de lucro, el consumo desenfrenado y la ostentación de bienes materiales, logré resistir poniendo en funcionamiento ese motorcito interior tan denostado por la moral mayoritaria.

Al comienzo de estas líneas me apropié del verbo que define las fintas sobre el césped porque implica buscar el objetivo esquivando los escollos limpiamente, sin tropezar ni enconarse con ellos, moviendo la cintura y los pies ágiles, a ras del suelo: es decir, velocidad, astucia y diversión. Debo aclarar que esto no lo aprendí en las canchas de fútbol, practiqué más bien en casa, sorteando los cazotes voleados por mi padre sin mucho tino, de pura rabia acumulada vaya uno a saber desde cuándo y por qué, o poniendo a resguardo mis oídos de las constantes trifulcas conyugales, ora sumergiéndome en la lectura, ora de visita al gallinero para desentrañar el misterio de esas aves torpes con un macho laborioso en su función reproductora, o con preferencia yendo a refugiarme en el calor del escritorio de mi abuela, con su biblioteca y su piano, el barroco reloj de péndulo al que daba cuerda subiéndome a un mueble tocadiscos y un gato gris de Angora que confirmó mi amor por los felinos. En el refugio estaba incluida, como si formara parte del inventario de la casa, la múltiple Felipa, criada que heredó mi abuela y la víctima más clara de la hipócrita beatería familiar.

La trinchera de Felipa era, claro, la cocina, altar de la lumbre y los manjares, de la novela por radio y los programas de humor blanco, las orquestas de tango y los concursos de preguntas y respuestas. Afuera, la bomba de agua, el cerco de ligustros, la tortuga Casimira y los pollitos, el laurel, el limonero y el durazno, un cañaveral indómito y la vencida medianera con el vecino que criaba palomas mensajeras.

Esos tesoros de la infancia acolchonaron bastante bien casi todas las penurias posteriores, aunque coseché beneficios, a tempo, de sucesivas mujeres, el vino y la poesía, el periodismo, viajes y mudanzas, la música de jazz, el ajedrez, militancia gremial y política, un catecismo propio y la saludable costumbre de dormir al menos ocho horas. Después me ayudaron el psicoanálisis, nuevas lecturas, amores diferentes, hijos y nietos de buen cuño, la meditación trascendental, el correo electrónico, el cine, la ópera italiana y los cantantes populares, siempre el mate.

A la vuelta de los años me aseguran que aquello del mínimo esfuerzo lo aconseja desde hace milenios el taoísmo a través de su principio pasivo, el no-actuar, y que un espíritu similar sopla en la sabiduría de los vedas de la India. Como se ve, sin haber inventado nada y a pura intuición, hice lo que otros vienen sugiriendo desde el fondo de la historia. Eso es todo.

(inédito)

LA ESCRITURA DE POESIA (J.C. Moisés)


a) Si, como escribió Stevens, "el mundo del poeta depende del mundo que ha contemplado", y si "la poesía incrementa el sentimiento de la realidad", escribir poesía sería el acto por el cual se recrea la realidad, totalmente. Es propicio pedir, en consecuencia, que las palabras sean capaces de que ese nuevo "sentido de realidad" que han creado permanezca en un continuo presente.

b) El poema es un objeto en sí mismo. Sin embargo, tiene una independencia relativa de cuanto lo rodea. Siento que voy bien encaminado en un poema cuando las palabras guardan algún tipo de relación con la realidad. Las palabras solas, aisladas del "sentido de realidad", no me bastan. Ese sentido es el que, en principio, permite la realidad, y el que, si puedo o si estoy interesado en hacerlo, doy al poema que escribo. De ese matrimonio (cuya convivencia se hará entre besos, abrazos, patadas, injurias, reencuentros) es posible que obtenga poem­as.

c) Confío más en el sustantivo que en el adjetivo. Y aún prefiero el verbo antes que el adjetivo. Lo que escribo depe­nde de lo tangible y cada vez se parece más a mi infancia. Me llevó casi una vida alejarme cinco cuadras de mi casa natal.

d) Montale: "La necesidad de un poeta es la búsqueda de una verdad puntual". Yeats: "Se es más de su época que de su país". En consonancia con ello, filtro lo que escribo a través de imágenes conocidas, aquéllas de Stevens ("El mundo del poeta depende del mundo que ha contemplado").

e) Ahora bien. No escribo porque lo sé. Lo sé porque lo escribo.

f) En poesía, las ideas no se conciben sino con palabras.

ME GUSTAN LAS PALABRAS BONITAS (J.C. Moisés)

Me gustan las palabras bonitas porque son tímidas y les cuesta mostrarse, me gustan porque se recluyen, cierran los ojos, se doblan en sí mismas, tornan otra cosa, como si desa­parecieran. Es esa ausencia la que me hace pensar piadosamente en ellas. Me gustan las palabras bonitas, las pronuncio letra por letra, las digo al oído, y cuando puedo las escribo; si eso ocurre, lo celebro.

A veces, las palabras bonitas me seducen con astucia, con artimaña, para lograr ubicarse en algún pliegue del poema, allí donde soy incapaz de verlas. No pienso mal de ellas. Seguro que lo hacen para cuidarse de la agresión de las otras palabras, poco amistosas y reticentes al diálogo, que insisten con empujarlas fuera de la línea o del párrafo.

Hay quienes dicen que a la larga, impedidas de mostrarse como son, las palabras bonitas sufren de pena, de desgarramiento; que son como pétalos que se desprenden al menor soplido, y se marchitan sin haber sido apreciado su candor, aroma, color. Mi sospecha es que ahí donde se alimentan, en la desola­ción, encuentran su defensa, se mimetizan, cambian de ropaje, hasta parecer lo que no son, como nosotros.

EL CUARTO PROPIO (J.C. Moisés)

Los poetas iniciados solemos trabajar con la mejor disposición en espacios curiosos, a veces los únicos disponib­les: el living, la cocina, en menor medida el baño, mientras crece la familia y las superficies se reducen notablemente. Estuve varios años construyendo un confortable lugar de trabajo en el fondo del terreno, separado lo suficiente de la casa, con buen espacio y mejor quietud, para contar con la asepsia de la literatura purificada. Nada debe permitir que ruidos y olores se introdu­zcan en el poema sin ser llamados. La tarea fue bien hasta que el invierno apoyó su cuerpo helado sobre el taller, lo envolvió, y se adueñó de su interior, no haciendo caso del calefactor funcionando a máximo que había instalado con insti­nto previsor en el verano. La nieve primero, el hielo sobre la nieve después y el aire congelado que viene del lago y baja del cerro final­mente, me hicieron retroceder como a Belgrano en Vilcapugio y en Ayohuma. No porque mis caballos estuvieran cansados, ni por un error estratégico de la poesía, sino porque mis manos y mi mente no podían moverse ni pensar. Con la cabeza baja retorné a la casa, arrastrando mi cuaderno y mi lapicera remisos.

Miro de reojo el invierno, la ventana a un costado. El vaho picante del estofado sobre el fuego llega a la hoja y sube a mi nariz, que clasifica las especias: pimentón, oréga­no, nuez moscada, clavo de olor, junto con rodajas de cebolla y dados de zanahoria cociéndose a fuego moderado en la olla de hierro. Algunas palabras tropiezan con los chicos que corren en el pasillo de los dormitorios y la radio anuncia la temperatura bajo cero de estos días. Estoy bien acá. Mi mujer me mira a los ojos. Reconozco en ese silencio de complicidad el lugar donde la poesía se manifiesta. A veces cuesta encontrarlos. A veces, lo que es peor, cuesta retornar a ellos.

Nota: El título es una referencia al libro “El cuarto propio”, de Virginia Wolf.

OTROS VEINTE AÑOS (J.C. Moisés)


a Milton Jones

Y bueno, ya entraste;
los botines con barro dejan la marca,
la visita deja la marca, el invierno
deja la marca; después barremos, pasamos
el trapo húmedo, lo pasamos.
No será la última vez
que dejes una marca en el piso.
¿Unos mates, un vino tinto?
Nada, mates no, vino tampoco.
¿Un té, galés, inglés, en hebras, en saquito,
lo que sea? Ni un té, nada entonces;
¡qué clase de galenso, galés, eh galés, ah
una manzana!
Bueno, una manzana es algo.
Una manzana es algo más, no hay duda.
La edad no perdona nada, nadie perdona,
no perdonamos.
Mejor comamos unos bifes
a la plancha, vuelta y vuelta, jugosos.
Ahora sí el vino. ¿No? No querés
hablar de más, querés estar sobrio,
ver lo que pasa, no dar vuelta
la cara, no dejar que crezca
el bigote en la cara, que no
se te pegue la tristeza en la cara,
no querés tapar con la gorra la mano
ni tapar con la mano la cara,
querés tener los ojos bien
abiertos, la boca
en guardia.

Pasaron veinte años.
Volvamos a tener veinte años,
nada más, volvamos, volvámonos.
Creo que estoy hablando mucho; si estoy
hablando mucho avisame,
tenés que avisarme
antes de que pasen otros veinte años.